Lo cierto es que el asunto tiene su miga; ¿Hubo
realmente una guerra entre griegos y troyanos?,
¿Fue una mujer el desencadenante del conflicto?,
¿Existió un caballo gigantesco de madera del que
salieron un puñado de soldados griegos que, con
nocturnidad y alevosía arrasaron Troya?
Según la mitología griega, Paris, príncipe
troyano hijo del rey Príamo, se enamoró
perdidamente de Helena, una moza griega que
levantaba pasiones entre sus coetáneos. Resulta
que Helena estaba casada con el rey de Esparta,
Menelao, y por ello, Paris no encontró otra
opción que secuestrar a la bella Helena para
poder tenerla a su lado. Dicha estratagema no
gustó nada al aguerrido rey espartiata, ya que
avisó a su hermanito Agamenón (rey también, esta
vez de Micenas) para que le ayudase a resolver
la afrenta que había sufrido a manos del joven
Paris. Agamenón, que “le tenía ganas” a Troya,
decidió ayudar a su hermano preparando la
invasión de la ciudad, acto que devolvería la
dignidad a Menelao.
Según nos dice Homero en su Ilíada (s. IX
a. C.), los hermanitos vengadores vencieron
gracias a un ingenioso ardid; construyeron un
gigantesco caballo de madera que arrastraron a
las puertas de Troya y se retiraron. Los
troyanos pensaron que los griegos se rendían y
regresaban a su patria. Creyeron que el caballo
era una ofrenda a los dioses para que éstos les
proporcionaran un pacífico retorno a Grecia. Sin
pensarlo dos veces, se adueñaron del “caballito”
a modo de trofeo de caza. Su terrible error fue
no llegar a pensar que, en las tripas del equino
se hacinaba un pequeño contingente del ejército
griego, dispuesto a tomar la ciudad cuando los
troyanos celebraran, ebrios de alegría, su
supuesta victoria. Al anochecer, lo griegos
salieron del vientre del caballo y redujeron a
cenizas la ciudad entera. Moraleja; nunca metas
en tu casa un caballo de madera que encuentres
en la puerta, y mucho menos si dentro puede
caber un ejército.
Lo cierto de toda esta historia es que Troya,
ciudad de la antigüedad situada en el norte de
la actual Turquía, era un poco “mafiosilla” y
hacía pagar un peaje especial a todos los barcos
que cruzaban el estrecho de los Dardanelos.
Agamenón, cansado de tal abuso, reunió a los
jefes griegos y a sus ejércitos para acabar con
la próspera Troya. Siglos después, los griegos
se inventan la historia del romance entre Paris
y Helena para dotar al hecho histórico de un
halo poético y mitológico y, de paso, no admitir
que la guerra había sido ocasionada, como la
mayor parte de las guerras (por no decir todas y
cada una de ellas) por motivos económicos. “Son
sólo negocios” dijeron los griegos a los
troyanos antes de degollarlos.
A día de hoy, no se tienen evidencias
arqueológicas acerca de la existencia del
“caballito”. Aunque unas recientes excavaciones
en lo que se cree fue la ciudad desvelaron que
ésta había sido incendiada en el siglo XII a.
C., tradicional fecha de la guerra, y que el
conflicto pudo haber estallado, bien por el
deseo de saquear esa rica ciudad, bien por poner
fin al control comercial que Troya ejercía en su
zona de influencia.